viernes, 18 de mayo de 2012
miércoles, 16 de mayo de 2012
Mi encuentro conmigo misma (a diez años)
Hace unos días volví a ver la película “The Kid” (“El Chico”) protagonizada por
Bruce Willis, el cual interpreta a un asesor de imagen inflexible, altivo y
adicto a su trabajo que evita a toda costa a su familia. No obstante recibe una
visita inesperada en vísperas de cumplir sus cuarenta años, un rechoncho niño
de 8 años que resulta ser él mismo y que pondrá su vida patas arriba.
Aunque a mí
me quedan algunos años para cumplir los cuarenta (aunque los treinta ya están a
la vuelta de la esquina) esta película me ha hecho retrotraerme a mi infancia.
Y es que cuando eres pequeño los treinta te parecen tan lejanos, y se presentan
además como la edad en la que tú ya serás por fin una persona definida.
Definida en el trabajo, en las relaciones, en la familia e incluso, me
atrevería a decir, en el aspecto. A
treinta años sabré quién soy, pensé alguna vez.
Por alguna razón yo me imaginaba a esta edad como
una artista bohemia y transgresiva, esperando que mi inspiración apareciese de
un momento a otro, en un atelier lleno de pinturas abiertas, bocetos a lápiz,
cojines y olor a incienso de sándalo. Mi agente sería un hombre maduro y
fascinante, secretamente enamorado de mí…
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lunes, 14 de mayo de 2012
Sin darme cuenta
Me he comido dos croissants rellenos de mermelada de fresas
y chocolate sintiéndome un poco culpable, pero no demasiado. Una pariente ha
llegado al improviso mientras yo estaba entrando en la ducha, el padre de la
criatura lucía sólo un par de boxers y unos calcetines de rayas y el piccolo
corría por el pasillo como un animal salvaje armado con un tapón de una
botella, las llaves y un cepillo de dientes. He hecho la compra con el piccolo que, dentro
del carro de la compra, se sentía amo y señor del entero supermercado. He
lavado, planchado y metido en una de esas enormes bolsas al vacío ropa de 6-9
meses y 9-12 meses con un poco de nostalgia y sensación de ansiedad por lo
rápido que está pasando el tiempo. He preparado la ropa del padre de la
criatura, que estaba de concierto, mientras el piccolo entraba en modalidad
“destrucción salvaje”.
Después de una tarde a solas con el piccolo y una gata
neurótica, cuando el padre de la criatura ha vuelto a casa después de la cena,
me he desplomado literalmente en la cama, contenta pero devastada.
Me he levantado y he recordado con contrición los
pecaminosos croissants del día anterior. Es por ello que he decidido hacer
penitencia desayunando un café y dos galletas de arroz, sí, esas que parecen
poliespan. Hemos acompañado al padre de la criatura, que tocaba el órgano en una
iglesia donde tropecientos niños celebraban la Primera Comunión. El piccolo ha
dado lo mejor de sí mismo gritando en los momentos en los que todo el mundo
estaba en silencio.
Hemos vuelto a casa y, contagiados por el entusiasmo del
programa de televisión del cocinero inglés Jamie Oliver, hemos preparado una
especie de comida sin tener la más pálida idea de lo que estábamos haciendo.
Obviamente hemos creado una especie de inmunda porquería que ni siquiera el
indulgente piccolo ha tenido el valor de probar.
Y de nuevo tarde de concierto del padre de la criatura. Y la suegra que, mientras tanto, con nocturnidad y alevosía, llega del campo con veinte kilos de cerezas para lavar.
Y ya está.
El fin de semana ha pasado.
Y yo ni siquiera me he dado cuenta.
¿Dónde se han quedado los fines de semana en los que se descansaba?
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viernes, 11 de mayo de 2012
Reflexiones extemporáneas sobre las madres del parque transgresivas...
… sólo porque el parque al que
suelo ir contiene una cantidad superior a la prevista por la Ley.
1. Las madres de mi parque mantienen perennemente
una pose plástica. Son esas que en las fotos nunca salen con un hombro más alto
que otro, o la pierna torcida o un trozo de ensalada entre lo dientes. Son como
Bratzs que caminan, cosa que les permite limitados pero eficaces movimientos
pélvicos, de las caderas, rodillas, codos y muñecas con el fin de obtener sin
esfuerzo la constante y desdeñosa posición de la fumadora aburrida.
2. Las madres de mi parque son
estilistas de sí mismas. Aparentemente, en esos días en los que tú — ya sea por
sueño, falta de tiempo, falta de ganas o falta de ropa debidamente planchada —
abres el armario, esperas a que algo se te caiga encima, y después sales de
casa con unos vaqueros dos tallas más grandes y la sudadera descolorida de la Universidad, para
ellas no existen. A ellas las puedes ver, incluso en el supermercado con sus
zapatillas de marca de piel negra y sus leggings brillantes. Incluso a las ocho
de la mañana, cuando llevan a sus hijos a la guardería, llevan unos shorts
negros, las botas estilo country y una camiseta bien ceñida con la palabra HOT
escrita con lentejuelas.
3. El diálogo con una mamá del
parque es algo desalentador. Alguna que otra vez intento iniciar una
conversación. Pero es una lucha entre titanes y gramaticalmente es una batalla
cruenta: yo hablo con frases en las que figuran sujeto, verbo, predicado y
complementos. Ellas me responden con simples monosílabos.
4. Las madres de mi parque viajan
en manada. Sufren del síndrome de abeja reina, por lo que necesitan como mínimo
tres personas que asientan cuando ellas hablan.
5. La madres del parque eligen
bien a sus amigos. Y sobre todo a sus amigas, que deben ser clones absolutos de
las protagonistas de Gossip Girl.
6. La verdad es que las madres
de mi parque creen que están todavía en el instituto…
7. … pero, queridas mías, no es
así.
8. (muajajajajaja… risa maléfica).
miércoles, 9 de mayo de 2012
¡Sssshhhh! ¡Escucha...! ¿Lo has oído?
Cuando una mujer, o al menos yo,
busca un hijo, ya sea éste el primero, el segundo, el tercero o el octavo, vive
en un estado de completa alteración.
Cuando una
mujer, o al menos yo, decide que quiere tener un hijo, trata de no pensar en
ello, simula indiferencia, finge desinterés. Pero, en realidad, dedica todo su
tiempo a auscultarse y a analizarse.
Cuando una
mujer, o al menos yo, desea un hijo, espera en silencio el reclamo de su
ovulación.
“Espera, ¡sssshhhh! ¡Escucha...! ¿Lo has oído?
“Sí, no te preocupes, son
los vecinos de abajo, que se habrán dejado otra vez la puerta a medio cerrar”.
“¡No, no digo eso! Tú
escucha más atentamente…”
“¿El perro de la vecina de
al lado?”
“¡Qué no! ¿Pero estás
sordo? Se escucha perfectamente… El rumor de la ovulación”.
“Tú estás como una cabra.
Si me dijeras que estás escuchando voces en tu cabeza y que ves muertos me
asustarías menos”.
“¡Vamos, corre! ¡No te
entretengas! ¡No perdamos más tiempo!”
“¿Pero qué dices? Así no…
Pareces una viuda negra…”
“Anda, vamos, no seas tonto.
Venga que el silbido se hace cada vez más fuerte”
“¡No y no! Me niego a
reproducirme de este modo”.
“Espera… ¡Ya no lo siento!
¡El silbido ha desaparecido! Hemos perdido la oportunidad por culpa de tus
extrañas paranoias”.
“¿Mis extrañas paranoias?”
En las dos semanas
sucesivas estás plenamente convencida de estar embarazada. Aunque si durante el
famoso silbido él estaba roncando o estaba trabajando en su ordenador.
En las dos semanas
sucesivas tienes nauseas, dolores en el bajo vientre, acidez de estómago y
sientes que tus pechos se han vuelto una talla más grandes. Por lo que se
deduce que padeces inequívocamente todos los síntomas de un embarazo histérico.
En las dos semanas
sucesivas despilfarras gran parte del sueldo en test de embarazo, en los cuales
haces pipi compulsivamente y sin criterio alguno para posteriormente tirarlos
furiosamente a la basura.
Cuando finalmente descubres
que estabas equivocada, que quizás tengas un virus gastrointestinal o que
quizás has cenado demasiados pimientos (esos que siempre te dan ardor) o que
quizás te has auscultado demasiado, sufres durante ocho minutos una
desesperación apocalíptica. Después se te pasa y se comienza de nuevo con un
renovado entusiasmo. Es por esto por lo que resulta arriesgado para la propia
incolumidad y la de los demás hacer preguntas del tipo: “¿alguna novedad?” “¿no
tienes nada que contarme?” “¿no estarás quizás…?”
domingo, 6 de mayo de 2012
jueves, 3 de mayo de 2012
El cuerpo de las madres
Todo comienza cuando te quedas
embarazada. Tu cuerpo ya no es sólo tuyo. No puedes comer todo lo que quieres y
no puedes curar tus pequeños o grandes males como harías si esa pequeña
personilla no fuese dentro de ti, minúsculo e importantísimo.
Después comienzan las visitas
médicas y la denominada privacy deja
de existir, incluso en tu manera de pensar. Eso que creías que era íntimamente
tuyo deja de serlo, ¿o queremos hablar de la discreción y la intimidad, por
ejemplo, de una ecografía vaginal?
“Señora, ¿me llena este vasito con pipi, por favor?”, pregunta la
secretaria de tu ginecólogo mientras esperas tu turno. “Oh, vaya, resulta que me hago pis cada cinco minutos y ahora no me
sale ni una gota, ¿me da unos minutos? ¿Podría beber un vaso de agua?”. No
tienes reparos en contar de todo a todos.
Y después llega el momento más
(des)esperado y vas al hospital (a no ser que tengas la fortuna de dar a luz en
un sitio bastante más tranquilo). Allí te visitan quinientas veinticinco personas
diferentes y la cara más o menos simpática de la comadrona no es nunca la
misma, porque, como es justo, cada una tiene sus horarios y sus turnos. Y todos
traen consigo al eterno aprendiz, por lo que “mira aquí”, “ves esto”, “aquí sería mejor hacer esto”, se
convierten en las palabras claves de tu parto… ¡Adelante, adelante, no se
corten, pasen y vean, no hay problema, que todo el mundo tiene derecho a
aprender! Incluso ese/esa que te hace un daño horroroso porque todavía no tiene
demasiada experiencia, o la chica que al ser su primer día está incluso más
nerviosa que tú, y si no fuese por los dolores de las contracciones, el miedo,
la angustia y la ansiedad, querrías sentarte con ella, abrazarla y
tranquilizarla. Y, de hecho, rompes a llorar delante de ella, sin sentir una
pizca de vergüenza. Sí, te pones a llorar a lágrima viva delante de una a la
que hace unos años le hubieses podido ayudar con los deberes de clase.
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miércoles, 2 de mayo de 2012
Doctor Sexy
“¡Hola! ¡Hacía mucho que no te veía por aquí!
Desnúdate y te doy una ojeada”, me dice él amablemente.
Yo, obediente, me desnudo.
Él me examina con una especie de lupa.
Él es un doctor francés increíblemente sexy interesante
y no todos los días un doctor francés increíblemente sexy interesante te examina
a dos centímetros de distancia cada milímetro de tu superficie cutánea.
“Mmmm… hay
algunos que están bien escondidos…”, dice él seriamente. “Pero tienes suerte de
estar en muy buenas manos”, añade con una sonrisa de película y un guiño que me
deja más aturdida y paralizada de lo que ya estaba.
Pasados 9 minutos…
“Ok. Está todo bajo control, ya puedes vestirte. Si
no observas nada raro nos vemos aquí dentro de un año. Son 200 euros”, concluye
rematándome mientras se distrae con el historial de la próxima visita.
Queridísimo
doctor francés de mis lunares,
Está bien que eres un tío increíblemente sexy,
Está bien que
examinar las recónditas y numerosas imperfecciones de mi piel pueda ser una
ardua tarea,
Está bien que
eres un genio de la ciencia dermatológica con el bonus de la sensualidad ,
Está bien que
tenerte a unos centímetros de distancia es un enorme privilegio y regala además
alguna que otra emoción y varios escalofríos,
Pero 200
euros por nueve, sí, nueve minutos de visita, lo que equivale a 22,2 euros cada
sesenta segundos, no valen todo esto.
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