... en camisa...
Cuando llegué a Italia, hace ya casi seis años, el padre de la criatura era consciente de algunos de mis talentos: doblaba manos y pies como una contorsionista circense, era capaz de leer en diagonal y enterarme de lo que había leído, podía ver diez capítulos seguidos de Anatomía de Grey sin caer en la más absurda de las depresiones y hacía treinta flexiones con un brazo, al más puro estilo de la Teniente O’Neil (y como sé que no os lo vais a creer aquí tengo la prueba gráfica). Lo que no sabía es que una servidora tenía un pequeño defectillo en lo que a fogones se refiere. Digamos que yo, hace años, no cocinaba, sino que producía residuos comestibles. Se trataba de una nueva tendencia que nada tiene que ver con la nouvelle cuisine o la rica tradición mediterránea. Yo la bauticé con el nombre de “Cociná comestiblé”, sí, con acento en la última a y en la última e, que le da ese toque francés que hace que hasta los caracoles sean un rico manjar. Se trataba de una cocina que se come. Y no mueres. Y este último es un dato muy importante a tener en cuenta. Puede que lo que cocines sea una porquería o una exquisitez. No eres tú quien lo decide, sino la divina providencia.


