viernes, 18 de mayo de 2012

Un Feliz Acontecimiento: una reseña de la película y algo más

El otro día recibí un e-mail en el que me invitaban al prestreno en Madrid de la película francesa “Un Feliz Acontecimiento” (ver tráiler) del director Rémi Bezançon. Me hubiese encantado asistir, pero por razones obvias (estoy en Italia) no pudo ser. No obstante, la distribuidora amablemente me invitó a verla online en versión original – me encanta el cine en versión original – subtitulada en inglés. 

 

Adaptada de la homónima novela (casi autobiográfica) de Eliette Abécassis, esta película sería una mezcla de muchas cosas a la vez: humor ácido, feminismo, sentimientos desbordados, felicidad y dolor, desesperación e inadaptación…

 

Bárbara (Louise Bourgoin), la protagonista, prepara una complicada tesis de filosofía acerca del Tractatus de Wittgenstein cuando se queda embarazada de su compañero Nicolás (Pio Marmai). No obstante, las cosas empiezan a ir mal ya en el embarazo: la protagonista vive esta metamorfosis como una carga, como una sustracción. Es como si el bebé que crece dentro de ella la sometiese y dominase su libido, su femineidad, la ordenase cuando comer, dormir… Y cuando nace la pequeña Lea el caos se apodera de todo. Si ya de por sí las hormonas tienen un papel protagonista en la distorsión de la realidad, un compañero inmaduro, victimista y la mayor parte del tiempo ausente, una suegra insoportable, una madre demasiado progre (me encanta el personaje de Claire, interpretado por la simpática Josiane Balasko) y un sentirse inapropiada para la tarea de madre… hacen que un torbellino de sentimientos contradictorios arrastren a Bárbara hacia una situación que desde el principio de la película se prevé como inevitable: una desorientación descomunal, la búsqueda de una vía de fuga y una crisis en la pareja que parece irreversible.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Mi encuentro conmigo misma (a diez años)

Hace unos días volví a ver la película “The Kid” (“El Chico”) protagonizada por Bruce Willis, el cual interpreta a un asesor de imagen inflexible, altivo y adicto a su trabajo que evita a toda costa a su familia. No obstante recibe una visita inesperada en vísperas de cumplir sus cuarenta años, un rechoncho niño de 8 años que resulta ser él mismo y que pondrá su vida patas arriba.

Aunque a mí me quedan algunos años para cumplir los cuarenta (aunque los treinta ya están a la vuelta de la esquina) esta película me ha hecho retrotraerme a mi infancia. Y es que cuando eres pequeño los treinta te parecen tan lejanos, y se presentan además como la edad en la que tú ya serás por fin una persona definida. Definida en el trabajo, en las relaciones, en la familia e incluso, me atrevería a decir, en el aspecto. A treinta años sabré quién soy, pensé alguna vez.

Por alguna razón yo me imaginaba a esta edad como una artista bohemia y transgresiva, esperando que mi inspiración apareciese de un momento a otro, en un atelier lleno de pinturas abiertas, bocetos a lápiz, cojines y olor a incienso de sándalo. Mi agente sería un hombre maduro y fascinante, secretamente enamorado de mí…

lunes, 14 de mayo de 2012

Sin darme cuenta


Me he comido dos croissants rellenos de mermelada de fresas y chocolate sintiéndome un poco culpable, pero no demasiado. Una pariente ha llegado al improviso mientras yo estaba entrando en la ducha, el padre de la criatura lucía sólo un par de boxers y unos calcetines de rayas y el piccolo corría por el pasillo como un animal salvaje armado con un tapón de una botella, las llaves y un cepillo de dientes. He hecho la compra con el piccolo que, dentro del carro de la compra, se sentía amo y señor del entero supermercado. He lavado, planchado y metido en una de esas enormes bolsas al vacío ropa de 6-9 meses y 9-12 meses con un poco de nostalgia y sensación de ansiedad por lo rápido que está pasando el tiempo. He preparado la ropa del padre de la criatura, que estaba de concierto, mientras el piccolo entraba en modalidad “destrucción salvaje”. 

Después de una tarde a solas con el piccolo y una gata neurótica, cuando el padre de la criatura ha vuelto a casa después de la cena, me he desplomado literalmente en la cama, contenta pero devastada.

Me he levantado y he recordado con contrición los pecaminosos croissants del día anterior. Es por ello que he decidido hacer penitencia desayunando un café y dos galletas de arroz, sí, esas que parecen poliespan. Hemos acompañado al padre de la criatura, que tocaba el órgano en una iglesia donde tropecientos niños celebraban la Primera Comunión. El piccolo ha dado lo mejor de sí mismo gritando en los momentos en los que todo el mundo estaba en silencio.

Hemos vuelto a casa y, contagiados por el entusiasmo del programa de televisión del cocinero inglés Jamie Oliver, hemos preparado una especie de comida sin tener la más pálida idea de lo que estábamos haciendo. Obviamente hemos creado una especie de inmunda porquería que ni siquiera el indulgente piccolo ha tenido el valor de probar.

Y de nuevo tarde de concierto del padre de la criatura. Y la suegra que, mientras tanto, con nocturnidad y alevosía, llega del campo con veinte kilos de cerezas para lavar.

Y ya está.

El fin de semana ha pasado.

Y yo ni siquiera me he dado cuenta. 

¿Dónde se han quedado los fines de semana en los que se descansaba?

viernes, 11 de mayo de 2012

Reflexiones extemporáneas sobre las madres del parque transgresivas...

… sólo porque el parque al que suelo ir contiene una cantidad superior a la prevista por la Ley.

1. Las madres de mi parque mantienen perennemente una pose plástica. Son esas que en las fotos nunca salen con un hombro más alto que otro, o la pierna torcida o un trozo de ensalada entre lo dientes. Son como Bratzs que caminan, cosa que les permite limitados pero eficaces movimientos pélvicos, de las caderas, rodillas, codos y muñecas con el fin de obtener sin esfuerzo la constante y desdeñosa posición de la fumadora aburrida.

2. Las madres de mi parque son estilistas de sí mismas. Aparentemente, en esos días en los que tú — ya sea por sueño, falta de tiempo, falta de ganas o falta de ropa debidamente planchada — abres el armario, esperas a que algo se te caiga encima, y después sales de casa con unos vaqueros dos tallas más grandes y la sudadera descolorida de la Universidad, para ellas no existen. A ellas las puedes ver, incluso en el supermercado con sus zapatillas de marca de piel negra y sus leggings brillantes. Incluso a las ocho de la mañana, cuando llevan a sus hijos a la guardería, llevan unos shorts negros, las botas estilo country y una camiseta bien ceñida con la palabra HOT escrita con lentejuelas.

3. El diálogo con una mamá del parque es algo desalentador. Alguna que otra vez intento iniciar una conversación. Pero es una lucha entre titanes y gramaticalmente es una batalla cruenta: yo hablo con frases en las que figuran sujeto, verbo, predicado y complementos. Ellas me responden con simples monosílabos.

4. Las madres de mi parque viajan en manada. Sufren del síndrome de abeja reina, por lo que necesitan como mínimo tres personas que asientan cuando ellas hablan.

5. La madres del parque eligen bien a sus amigos. Y sobre todo a sus amigas, que deben ser clones absolutos de las protagonistas de Gossip Girl.

6. La verdad es que las madres de mi parque creen que están todavía en el instituto…

7. … pero, queridas mías, no es así.

8. (muajajajajaja… risa maléfica).

miércoles, 9 de mayo de 2012

¡Sssshhhh! ¡Escucha...! ¿Lo has oído?

Cuando una mujer, o al menos yo, busca un hijo, ya sea éste el primero, el segundo, el tercero o el octavo, vive en un estado de completa alteración.

Cuando una mujer, o al menos yo, decide que quiere tener un hijo, trata de no pensar en ello, simula indiferencia, finge desinterés. Pero, en realidad, dedica todo su tiempo a auscultarse y a analizarse.

Cuando una mujer, o al menos yo, desea un hijo, espera en silencio el reclamo de su ovulación.

“Espera, ¡sssshhhh! ¡Escucha...! ¿Lo has oído?

“Sí, no te preocupes, son los vecinos de abajo, que se habrán dejado otra vez la puerta a medio cerrar”.

“¡No, no digo eso! Tú escucha más atentamente…”

“¿El perro de la vecina de al lado?”

“¡Qué no! ¿Pero estás sordo? Se escucha perfectamente… El rumor de la ovulación”.

“Tú estás como una cabra. Si me dijeras que estás escuchando voces en tu cabeza y que ves muertos me asustarías menos”.

“¡Vamos, corre! ¡No te entretengas! ¡No perdamos más tiempo!”

“¿Pero qué dices? Así no… Pareces una viuda negra…”

“Anda, vamos, no seas tonto. Venga que el silbido se hace cada vez más fuerte”

“¡No y no! Me niego a reproducirme de este modo”.

“Espera… ¡Ya no lo siento! ¡El silbido ha desaparecido! Hemos perdido la oportunidad por culpa de tus extrañas paranoias”.

“¿Mis extrañas paranoias?”

En las dos semanas sucesivas estás plenamente convencida de estar embarazada. Aunque si durante el famoso silbido él estaba roncando o estaba trabajando en su ordenador.

En las dos semanas sucesivas tienes nauseas, dolores en el bajo vientre, acidez de estómago y sientes que tus pechos se han vuelto una talla más grandes. Por lo que se deduce que padeces inequívocamente todos los síntomas de un embarazo histérico.

En las dos semanas sucesivas despilfarras gran parte del sueldo en test de embarazo, en los cuales haces pipi compulsivamente y sin criterio alguno para posteriormente tirarlos furiosamente a la basura.

Cuando finalmente descubres que estabas equivocada, que quizás tengas un virus gastrointestinal o que quizás has cenado demasiados pimientos (esos que siempre te dan ardor) o que quizás te has auscultado demasiado, sufres durante ocho minutos una desesperación apocalíptica. Después se te pasa y se comienza de nuevo con un renovado entusiasmo. Es por esto por lo que resulta arriesgado para la propia incolumidad y la de los demás hacer preguntas del tipo: “¿alguna novedad?” “¿no tienes nada que contarme?” “¿no estarás quizás…?”

domingo, 6 de mayo de 2012

Feliz Día de la Madre

Esto y mucho, mucho más es lo que comprende la palabra MADRE...
¡FELIZ DÍA DE LA MADRE!



jueves, 3 de mayo de 2012

El cuerpo de las madres

Todo comienza cuando te quedas embarazada. Tu cuerpo ya no es sólo tuyo. No puedes comer todo lo que quieres y no puedes curar tus pequeños o grandes males como harías si esa pequeña personilla no fuese dentro de ti, minúsculo e importantísimo. 

Después comienzan las visitas médicas y la denominada privacy deja de existir, incluso en tu manera de pensar. Eso que creías que era íntimamente tuyo deja de serlo, ¿o queremos hablar de la discreción y la intimidad, por ejemplo, de una ecografía vaginal?

“Señora, ¿me llena este vasito con pipi, por favor?”, pregunta la secretaria de tu ginecólogo mientras esperas tu turno. “Oh, vaya, resulta que me hago pis cada cinco minutos y ahora no me sale ni una gota, ¿me da unos minutos? ¿Podría beber un vaso de agua?”. No tienes reparos en contar de todo a todos.

Y después llega el momento más (des)esperado y vas al hospital (a no ser que tengas la fortuna de dar a luz en un sitio bastante más tranquilo). Allí te visitan quinientas veinticinco personas diferentes y la cara más o menos simpática de la comadrona no es nunca la misma, porque, como es justo, cada una tiene sus horarios y sus turnos. Y todos traen consigo al eterno aprendiz, por lo que “mira aquí”, “ves esto”, “aquí sería mejor hacer esto”, se convierten en las palabras claves de tu parto… ¡Adelante, adelante, no se corten, pasen y vean, no hay problema, que todo el mundo tiene derecho a aprender! Incluso ese/esa que te hace un daño horroroso porque todavía no tiene demasiada experiencia, o la chica que al ser su primer día está incluso más nerviosa que tú, y si no fuese por los dolores de las contracciones, el miedo, la angustia y la ansiedad, querrías sentarte con ella, abrazarla y tranquilizarla. Y, de hecho, rompes a llorar delante de ella, sin sentir una pizca de vergüenza. Sí, te pones a llorar a lágrima viva delante de una a la que hace unos años le hubieses podido ayudar con los deberes de clase.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Doctor Sexy

Hace unos días…

“¡Hola! ¡Hacía mucho que no te veía por aquí! Desnúdate y te doy una ojeada”, me dice él amablemente. 

Yo, obediente, me desnudo.

Él me examina con una especie de lupa.

Él es un doctor francés increíblemente sexy interesante y no todos los días un doctor francés increíblemente sexy interesante te examina a dos centímetros de distancia cada milímetro de tu superficie cutánea. 

“Mmmm…  hay algunos que están bien escondidos…”, dice él seriamente. “Pero tienes suerte de estar en muy buenas manos”, añade con una sonrisa de película y un guiño que me deja más aturdida y paralizada de lo que ya estaba.

Pasados 9 minutos…

“Ok. Está todo bajo control, ya puedes vestirte. Si no observas nada raro nos vemos aquí dentro de un año. Son 200 euros”, concluye rematándome mientras se distrae con el historial de la próxima visita.

Queridísimo doctor francés de mis lunares,

Está bien que eres un tío increíblemente sexy,

Está bien que examinar las recónditas y numerosas imperfecciones de mi piel pueda ser una ardua tarea,

Está bien que eres un genio de la ciencia dermatológica con el bonus de la sensualidad ,

Está bien que tenerte a unos centímetros de distancia es un enorme privilegio y regala además alguna que otra emoción y varios escalofríos,

Pero 200 euros por nueve, sí, nueve minutos de visita, lo que equivale a 22,2 euros cada sesenta segundos, no valen todo esto.


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